lunes, 3 de febrero de 2014

Agua sobre Piedra

Tumbado en el sofá,con la cabeza a dos palmos del suelo y dejando caer sus descalzos  y descuidados pies sobre la pared recién blanqueada,andaba sumergido en su infantil mundo de ilusión perenne y eterna fantasía,analizando con curiosidad la singular canica que minutos antes halló bajo el cojín del sillón en el que su padre,Evelio,se afanaba en componer el cubo de Rubik.

   Aquella tenue tarde de sábado,con el eminente aguacero que se vislumbraba en el firmamento,presentó sus credenciales la dulce melancolía otoñal.

   Envuelta por un balsámico aroma de jazmín,Amelia se apresuraba en descolgar la ropa del tendedero para encaminarse con la palangana llena desde el patio hasta la azotea.No había hecho más que bajar uno de los dos escalones que dan del patio al comedor,tras descorrer la cortina que un momento antes su marido había corrido,cuando advirtió los churretosos pies del menor de sus hijos sobre la pared que días antes su entrañable hija acabara de blanquear.Frunciendo el ceño,mientras Evelio chupaba del botijo con un ojo abierto,se dirigió a su hijo diciéndole: - ¡Sabas!¡Te tengo dicho que no pongas los pies en la pared y hazme el favor de sentarte como se sientan las personas normales!

   Durante un breve lapso de tiempo,no se escuchó más que el leve silbido de la olla a presión que,desde la cocina y acompañado de un penetrante olor a comino y ajo,se expandía por toda la casa.

   Sabas aparentaba ser anósmico ó,quizá,todos sus sentidos se fusionaran en uno solo en el instante en que,emocionado, contemplaba como Pippi Langstrump se aventuraba en Globo y acariciaba las nubes con la punta de sus dedos.

   Minutos más tarde Amelia volvía a irrumpir en el mundo de ensueño de su hijo,llegando desde el cuarto de la costura y dirigiéndose a él con tono de súplica: -Sabas chiquito,¿por qué no te pones los zapatos y me vas a por un kilo de carne picá de la Bernarda la de la carne?Anda...que tu hermano llega esta tarde de La Esperanza y para mañana domingo quiero hacer macarrones al horno...si vas te ganas cinco duros.

   Teniendo claro dónde y en qué se iba a gastar los cinco duros,Sabas inició el camino hacia la carnicería.Tras atravesar el inmemorial zaguán de la casa de sus padres y desencajar la pesada puerta de madera que daba a la calle,cuya resonancia avisaba a ocupantes y vecinos del continuo vaivén fruto del buen hacer de Amelia con los tejidos,se acomodó unos segundos sobre el rebate cuál paracaidista absorbe la última bocanada de oxígeno antes de lanzarse al vacío.

   Al salir a la calle,daba la sensación de que ese mundo,el suyo,transcurría armoniosamente hechizado bajo la cadencia melódica del St.Thomas,de Sonny Rollins.

  Calle arriba decidió emprender rumbo a la carnicería.En la puerta de Fausta estaba la C15 anaranjada de Cirilo el de la fruta cargada de alcachofas,coliflor y chirimoyas.En mitad de la calle,Mauro,desde su R4 blanco,le vendía dos litros de leche a la Rufina de Remigio.Más adelante,se cruzó con Sebastiana quien,con complaciente sonrisa y mirándolo de reojo le dijo: "Cuando vea a tu madre le voy a decir lo granuja que eres...",a lo que Sabas respondió con una aireada sonrisa de indolencia.En la esquina,Adolfina posaba su mano derecha sobre el antebrazo izquierdo de Juliana forzando el acercamiento de ambas en el momento en que la primera se disponía a contar algún asunto altamente confidencial dada la inquieta mirada que dirigía a ninguna y a todas partes.Al doblar la esquina pasó por la pequeña y mágica tienda de la Dorotea del manco,de donde, encorvado,salía Don Benigno con una talega sobre su hombro derecho.

   Ya en la puerta de la carnicería sorprendió a su amigo Toribio Cabrera bregando con uno de esos tirachinas caseros con los que,como poco,habría amargado la existencia a gran parte de las lagartijas que se arrimaban,las noches de verano,a la luz,calor y alimento de las farolas de la calle.

  A diferencia de como solía encontrarse la carnicería,de un blanco reluciente,se presentaba desierta a ambos lados del mostrador.Sabas se acercó al soporte y,levantando su mano izquierda a la altura de los hombros,lo golpeó vigorosamente con la moneda de cinco duros,oyendo,pasados unos segundos,un prolongado ¡Va!.Bernarda lo despachó maquinalmente para volver a disiparse entre los entresijos de la casa.

   Emocionado se apresuraba hasta ser ensombrecido por el árbol bajo el cual se hallaban los dos carrillos,tras los cuales pasaba a diario camino del colegio.Había escuchado en repetidas ocasiones que en el carrillo de arriba salían las estampitas más inusuales y preciadas de la temporada 88/89.Cuál fue su decepción cuando,tras haberle cambiado a Venancio sus cinco duros por el paquete de estampitas,y dándole la espalda al kiosco,descubrió que ningún demandado cromo escondía el paquete en el que,por enésima vez,le había salido el Tato Abadía del C.D.Logroñés.

Al alzar la mirada,aquella imperecedera imagen,pétrea y sublime,lo volvió a cautivar.Su visión lo trasladaba a un tiempo de manos encalladas descansando sobre su chorreante superficie después de duras jornadas de labranza de hombres que nunca llegó a conocer,y de niños y mujeres alejándose cargadas de vasijas rebosantes de agua con la que saciar la sed de todos.Esa imagen que,años después y desde lejanos lares,nunca dejaría de cautivarlo.


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