Eran nuestros primeros días en el Perú.Por la panamericana cruzábamos en bus el trayecto que nos llevaría de Piura a Trujillo.
Algunos pasajeros andaban sumergidos en sus teléfonos móviles de última generación,otros engullían patatas de paquete mientras observaban por la ventana cual cinéfilo se acomoda para ver un film de su director predilecto.
Sorprendido y embelesado estaba por lo inhóspito del eterno paisaje que nos rodeaba cuando percaté su pequeña y desafiante silueta en la cima del vertedero.
Flor, ni un solo día de sus seis años de vida se ha ausentado de su hogar,la humilde casa de adobe ubicada a unos cincuenta metros del vertedero,el cual considera la frontera natural de su mundo,y frecuenta a diario en compañía de su único y fiel amigo,el perro Bruno,por los nuevos hallazgos que de entre el vertedero puedan acontecerse.
Sobre el arcén de la carretera panamericana y a un costado de la casa que Flor habita se aprecia un macro cartel con rostro de pretenciosa mirada y blanqueante sonrisa del político de turno invitando al voto asegurando tener las soluciones.
Del otro lado de la carretera y sobre el paredón más visible de lo que en otro tiempo no muy lejano fue un establo el padre viudo de Flor,a cambio de una cesta de mimbre repleta de productos básicos para alimentarse una semana,pinta las gigantescas iniciales del correspondiente partido político.Y cuando su hija le pregunta que significado tiene lo que pinta él le responde prosperidad.Esa tarde Flor almorzó ceviche.
Horas más tarde,a cientos de kilómetros del mundo que Flor habita,al apearnos del bús,nos dejamos asombrar por una bellísima puesta de sol.
El día moría y la noche se dejaría iluminar por un alucinante eclipse lunar de sangre bajo el que Flor,desde la cima del vertedero y paralizada del asombro,le confesaría a Bruno el infinito deleite que es la Vida,pese a todo.
